Después de la tormenta siempre llega la calma, o eso dicen. Cuando te levantas después de una mala noche no te sientes totalmente bien. Es como si te faltara algo, estás incompleta. Creía que me faltaban horas de sueño, pero no estoy totalmente segura de ello, porque estaba más despierta de lo que lo había estado en los últimos cuatro años. No pensé en lo sucedido en la noche anterior, tan solo pensé en aclara mi situación actual: iba a vivir con mi padre después de los últimos dos años. En una casa minúscula, sin espacio, agobiante. Pero mejor aquello que vivir bajo un puente, en la calle. Preparé un poco de desayuno para los dos con lo que había allí. Abrí la despensa, los armarios de la cocina, pero no había casi nada. Tenía que rellenarle todos aquellos huecos vacíos. Preparé unos huevos con unas tostadas. Llamé a mi padre y no estaba en la habitación. Me acerqué a una habitación cerrada, apoyé mi oreja contra la madera y escuchaba como un boli rasgaba las hojas con su tinta. Llamé dos veces seguidas. El bolígrafo paró de escribir y mi padre se levantó para abrirme la puerta. Sonriendo salió y desayunamos juntos.
- He pensado en dejarte la habitación donde escribo. Yo puedo escribir en mi cuarto.
- Pero, tú necesitas espacio y...
- Y no pasa nada. Ahora tenemos que aprender a vivir así. - Le vi feliz.
- Por cierto, comida no tienes, ¿no sueles comer en casa?
- La verdad es que no. Bajo a un restaurante que hay abajo. Tengo poco tiempo para preparar comidas, ahora que estoy escribiendo esta novela. Me está llevando mucho tiempo y esfuerzo, por lo que he tenido que dejar de prepara mi deliciosa comida. -Se ríe.
- ¿Y no desayunas? - le pregunto antes de morder la tostada.
- Em... a veces. Por las mañanas no tengo mucho apetito.
- Ya veo. Estás más delgado. ¿Quieres que vaya a comprar?
- No, no hace falta cariño. Hoy comeremos en el restaurante, ya verás, te va a gustar mucho.- Pero, tú necesitas espacio y...
- Y no pasa nada. Ahora tenemos que aprender a vivir así. - Le vi feliz.
- Por cierto, comida no tienes, ¿no sueles comer en casa?
- La verdad es que no. Bajo a un restaurante que hay abajo. Tengo poco tiempo para preparar comidas, ahora que estoy escribiendo esta novela. Me está llevando mucho tiempo y esfuerzo, por lo que he tenido que dejar de prepara mi deliciosa comida. -Se ríe.
- ¿Y no desayunas? - le pregunto antes de morder la tostada.
- Em... a veces. Por las mañanas no tengo mucho apetito.
- Ya veo. Estás más delgado. ¿Quieres que vaya a comprar?
- No tienes por qué gastarte tanto dinero en comer en un restaurante ahora que estoy yo aquí.
- No me gasto mucho dinero. A personas como yo nos hacen un descuento.
- ¿Personas como tú?
- Personas que viven solas, en casas de poco espacio, sin tiempo para compras ni comidas - en su cara podía leerlo, quería decir «divorciadas».- Así que no me va tan mal. Es cierto que a veces se me olvida comer o cenar, pero es porque estoy muy concentrado en la historia.
- Ya. Bueno, a partir de ahora no va a ocurrir.
- ¿Te quieres quedar aquí? - Me preguntó con una sonrisa feliz de padre.
- Por el momento sí. No tengo dinero para alquilar nada, y tengo que acabar la universidad. Si no te molesto, me gustaría quedarme contigo, papá.
- Por supuesto que te puedes quedar cariño, esta es tu casa. Si pudiera nos mudaríamos, pero no podría mantenerla.
- No pasa nada. - Le sonreí.
Al final, me quedé su estudio. Estuvimos todo el día arreglando la habitación, poniendo muebles, sacando... y al final, me tumbé en la cama mirando el techo. Blanco. Cierro los ojos, y me levanto y miro a mi alrededor. Con la puerta cerrada me levanto y miro todo lo que he traído conmigo: Ropa, apuntes, libros, objetos... mi vida. Y bajo el escritorio la caja que encontré hacía unas semanas. Una caja oscura llena de recuerdos, de una vida que dejé atrás para emprender una nueva. ¡Qué tonta fui! Emprender una nueva vida teniendo una buena vida antes. Pensar que quieres a una persona sin amarla. O, tal vez, me equivoque y si que le haya querido.
Bueno, no quiero pensar en eso.
Cojo la caja y me siento a los pies de la cama. La abro. Miro. Sonrío. No recuerdo de qué eran aquellos discos. Quiénes serían sus propietarios. De quiénes serían sus voces. Tenía que escucharlos y recordar, porque aquello fue un día mi vida, una vida que tuve que enterrar. Y ahora, gracias al destino, pude recuperarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario