lunes, 24 de junio de 2013

Ocho


Un abrazo cuando más lo necesitas.

Hacía tiempo que no me sentía así, que nadie me quería tanto como en aquel momento. El contacto con los demás lo perdí. Perdí esa sensación de abrazar a las personas que te rodean. Entre los brazos de mi padre pude sentir todo lo que había estado guardando durante tanto tiempo. Estaba llorando, al igual que yo. No por mucho que escondas tus lágrimas eres más hombre. Serás mejor persona si puedes mostrar tus sentimientos. Y en ese momento necesitaba ver llorar a mi padre, sentirle en aquel abrazo, oler su colonia tan cerca. Esa colonia que me costó encontrar cuando tenía nueve años. 
Recuerdo que estaba muy entusiasmada con el cumpleaños de una de las personas más importantes de mi vida: mi padre. Salí a comprar con mi madre y entramos a una perfumería. Me encantaba pasearme por los pasillos y oler todas las colonias y perfumes a la vez. Y, de repente, me detuve en la sección masculina y me quedé observando un frasco, de color negro en forma de esfera, con letras en color blanco. Lo cogí y eché un poco en el aire, inspiré fuerte y me enamoré de ese perfume. Sonreí y fui casi corriendo a mi madre. ¡Estaba alarmada! Su hija corriendo por un lugar público con una colonia entre las manos y llamando su atención. 

- ¡Dakota! - me dijo, y después continuó casi susurrándome - ¿Qué te he dicho sobre correr y gritar en lugares público? Y ¿no sabes que no puedes coger eso así? Dame, lo iré a colocar a su sitio.
- Mamá. - Le dije seria.- No. Eso es el regalo de papá.
- ¿Un regalo para papá? - Dijo antes de colocar el perfume en el están.- ¿Le vas a regalar ese te perfume? Pero tú no tienes dinero cariño, y no sabes si le va a gustar.
- Seguro que le gusta, estoy segurísima. Y tengo dinero ahorrado. Será mi regalo de cumpleaños. - Le dije sonriendo de oreja a oreja. 
- Bueno, tendrás que coger una caja de éstas. Hay dos tamaños: grande y pequeña. Elige. - Yo las veía iguales. 

Quería que le durara, así que escogí el grande. Fuimos a la caja, pagué mi regalo, ayudé a envolverlo y me fui a casa sonriendo. 
Ese olor ya era parte de él. Cada vez que se le terminaba iba a comprar un nuevo frasco de perfume. Aunque yo sabía que siempre tenía uno guardado en su armario.
Entramos dentro de aquel pequeño piso. Me dijo que durmiera en su cama aquella noche y que mañana ya arreglaríamos las habitaciones para que cupiéramos ambos. Pero yo le dije que no. Ya estaba allí, y era lo que me importaba. Me hizo olvidar lo que había dejado atrás hacía un par de horas. Me senté en el sofá mientras sacaba un par de sábanas. Era muy cabezón. No necesitaba nada más. Tan solo dormir en aquel sofá hasta que fuera de día. Me quedé mirando la pared blanca, sin cuadros, ni fotos, ni tan siquiera una televisión. Mi padre vivía con muy poco. Pero jamás pensé que le hacía falta tan poco para vivir de verdad. Le vi bastante más delgado, y muy mal. Aunque como yo, sabía esconderlo todo tras una sonrisa. Al darme las sábanas le mandé a dormir, mañana sería otro día y podríamos hablar como personas de todo lo ocurrido, de la nueva situación. 

Me tumbé en el sofá (muy cómodo, la verdad) y me quedé mirando el techo, pero esta vez mi mente no se quedó en blanco como de costumbre. Empecé a pensar en mi futuro, en las clases del año siguiente, en la casa de mi padre, en mi vida. Todo aquello junto, por primera vez después de tanto tiempo. No me sentía ni feliz, ni triste, ni enfadada, ni nada. Simplemente estaba allí, sabiendo que iba a comenzar una nueva vida. Que mi vida al fin comenzaba, que era yo la dueña de mis decisiones, yo era la que manejaba el pincel en este lienzo. Era yo la protagonista de esta historia.

viernes, 21 de junio de 2013

Siete


Creo que estaba en estado de shock, no sabía hacia donde ir. El taxista me decía que dónde quería ir: si a un hotel o a algún lugar más concreto. Después, sin más, le dije la dirección del apartamento de mi padre. Ahora tan solo lo tenía a él. Solo podía confiar en su palabra, aunque antes me hubiera fallado. Pero era mi padre. Y yo fui la niña de sus ojos durante un tiempo. 
No podía admitir que estaba creciendo, que empecé a hacerme mujer. Él quería que continuara siendo un personaje de sus mil cuentos, de sus tantas historias. 

De camino a su apartamento, en la ciudad de al lado, recordé cuando venía a arroparme por las noches cuando era pequeña, cuando tendría unos cinco años. Cada noche se acercaba a mi cama, se sentaba y yo le pedía por favor mil veces que me contara algún cuento. Y cada uno de aquellos días me narraba una diferente. Allí mismo se la inventaba, y yo adoraba que me los contara. Siempre aparecía una niña o una princesa que era la protagonista. Descubría secretos, liberaba a los buenos de los malos, iba encontrando aventuras a cada paso.

El taxista no me preguntó nada, era mejor así. Aunque creo que estaría pensando que aquellas no eran horas de salir de casa de aquella manera, pero cada uno tiene sus propios problemas, su vida... así que aquello no debía importarle. 

Estaba sentada en el asiento de atrás, mirando por la ventana, sin pensar en nada como tantas otras veces, pero el camino, la oscuridad y la luna me hicieron recordar. 

Hacía dieciocho años que nos mudamos a aquella casa, a aquel barrio, a aquella ciudad. Con cuatro años iba a presenciar mi primera mudanza. Yo estaba muy contenta, me iba a cambiar de cuarto, iba a escoger el color de mi habitación. Todo sería más grande. Vivíamos en un piso en el centro de la ciudad, envueltos de la contaminación y el gentío. Era muy pequeño, tenía dos habitaciones, un salón-comedor, la cocina y el baño. Eran unos setenta metros cuadrados, o un poco más. Pero éramos solo tres en casa. Nos mudamos porque mi padre comenzó a cobrar más y porque aquella parte de la ciudad no le gustaba a mi madre para criarme, decía que necesitaba otro lugar más adecuado, un sitio en el cual poder crecer sin miedo a dejarme sola, donde poder jugar, crecer saludablemente. Y allí fuimos, a una urbanización bien cuidada, hermosa; vamos, de cuento de hadas. A mí, al menos, me encantaba. Teníamos jardín delantero y trasero, sótano, dos pisos, habitaciones amplias... Siempre había soñado con una casa así cuando fuera mayor. Pero la avaricia rompe el saco. Mi madre no estaba enamorada de mi padre. Quizá sí en un principio, pero a medida que yo fui creciendo los vi más distantes. Yo no quería que se separasen, algunos compañeros tenían padres divorciados y vivían la mitad del tiempo con su madre y la otra con su padre, y yo no quería vivir así, quería vivir con los dos. Pero bueno, ya no era una niña, y me daba cuenta de lo que hacía mi madre, había llegado demasiado lejos. Se aprovechaba de los beneficios de mi padre, de mi presencia. No quería seguir así, bajo el techo de una persona que no sabía cuidar de su familia. A saber durante cuanto tiempo estuvo ocultándonos aquello. No quería pensar en eso en aquel momento. Quería llegar a casa de mi padre, quizás no explicarle lo sucedido, pero necesitaba un abrazo suyo. Aún recuerdo el último que pudimos darnos. Él tenía lágrimas en los ojos, pero no las derramó frente a mí. Me abrazó más fuerte que nunca, noté como sus manos se hundían en mi espalda. Y fue entonces cuando unas lágrimas se fundieron en mi camisa. No me di cuenta hasta que me quedé a solas en mi habitación. Y me cambié la ropa que llevaba por el pijama, al doblar la camisa me di cuenta que estaba manchada por agua, pero después pensé, recordé, y sabía que aquello no era simple agua, eran lágrimas de mi padre. Él me quería aunque no lo demostrara. Es un hombre. Parece que creen que son más varoniles y valientes si no expresan sus sentimientos. Una estupidez. Lo que yo hubiera dado si mi padre hubiera permanecido unido a mí, si él me hubiera escuchado en el silencio de la noche. Yo sé que me podía haber ayudado, pero prefería hacer como si no estuviera ocurriendo nada, como si fuera fruto del crecimiento, como si todo aquello se me fuera a pasar pronto, cosa que no fue así. 

Tenía que dar yo el paso, porque si no él no haría nada, como siempre. La vida no era una de sus historias, yo no era uno de sus personajes de cuento que podía manejar. Él no podía crear el día a día con su pluma. La realidad y la ficción están separadas por un papel en blanco manchado por tinta procedente de un bolígrafo. El la vida, ese bolígrafo es la sangre, y el papel en blanco es el camino que recorremos. Nuestras palabras son las que escriben nuestro camino, nuestros actos. Mi padre no era capaz de escribir en la vida, por eso se ocultaba entre palabras y palabras en sus miles de hojas. Tenía que ser la hija preocupada por su padre y dejar a un lado mi problema, un problema que estaba consumiéndome poco a poco y no me hacía ningún bien. 

Estábamos llegando. Nunca había ido a visitarle. Nunca lo había pensado. No me llamaba, tan solo recibía correos suyos de vez en cuando. Yo se los respondía con una cara sonriente, para que no se preocupara. 

Las calles estaban adornadas con árboles artificiales. Hasta yo podía darme cuenta, no me lo tuvo que decir ningún pájaro, ellos preferían los alféizares de las ventanas. El taxi paró frente al número 13 de la calle. Respiré hondo y bajé. El hombre me ayudó a descargar las maletas y las cajas. Le di el dinero y me acerqué a la portería. Busqué el número. Volví a respirar y llamé. Número 23. Y esperé. A los cinco segundos:

- ¿Quién? - Con voz alarmada.
- ¿Papá? - respondí con un hilo de voz. Llevaba unas horas sin hablar y no sabía cómo me iba a salir la voz, y comencé a llorar en silencio. 

Escuché como la puerta se abrió. Entré todas mis cosas, cogí el ascensor y esperé a llegar arriba. Una vez allí, mi padre me esperaba con la puerta abierta y en pijama, tenía puesta una de sus tristes sonrisas y unas lágrimas que se asomaban tímidas. 
No dije nada más. Me acerqué a él y le abracé. No pensé en dónde iba a dormir, en si estaría durmiendo, en si hice bien en ir allí. Tan solo pensaba en que estaba con él, con mi padre, al que una vez dibujé como héroe.

viernes, 14 de junio de 2013

Seis


Volvió a aparecer cuando menos lo esperé. Y en aquellos momentos, que ya estaba mejor, empecé a recordar, y hacerlo duele, el alma se retuerce y el corazón lucha contra el verbo recordar. Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer mismo. Estaba junto a unas amigas, era una tarde de viernes, estábamos planeando una cena para el sábado para decirle adiós a una amiga que se marchaba con sus padres a otro país. Recuerdo que habían un par de chicos con unas motos y un coche cerca. Hablaban y me fijé en uno de ellos. Con chaqueta de cuero negro, pantalones negros y gafas de sol. Rápidamente pensé: «Con el calor que hace y con chaqueta de cuero, negra...». Mis amigas se giraron al lugar en el cual mis ojos estaban, porque en ese momento no estaba en la conversación con ellas.

- Dakota, ¿qué es lo que miras?
- Ya sé lo que mira. Aquel chico del coche.
- ¡Qué ojo tienes! ¿Eh?
- Venga acabemos con los detalles, llevo yo el pastel y los tres regalos, ¿no?
- Sí, los regalos están en tu casa.

Volví a mirar hacia donde estaban, y una mirada se posó en la mía. Aquel chico me sonrió, y dirigí la mirada al suelo. Volví a la conversación. Me puse roja como un tomate. El único chico con el que salí antes de él fue uno de clase y me lo pidió en el patio a solas, pero fue él, a mí a penas me gustaba y ni me fijé en él. Mis amigas se reían. Y una de ellas me dio un codazo.

-Te gusta.

Sonreí y negué con la cabeza.

-Es mayor que nosotras, tiene coche. Nosotras ni hemos acabado el instituto. Venga ¿nos vemos después entonces para prepararlo todo en tu casa?

Asienten, y nos íbamos a ir. Eché un último vistazo hacia donde estaban ellos. Y seguí caminando.
Al día siguiente, en la cena sorpresa, cuando salimos a dar una vuelta te volví a ver, esta vez solo. Éramos siete amigas y cuatro amigos en una plaza. Y tú te acercaste sin pensártelo dos veces.

- Perdona...

Lo primero que me dijiste.

- Perdona, ¿me podrías decir la hora? - dijo con una sonrisa irresistible.
¿Y cómo le vas a decir que no a él? No podía, sinceramente. Le di la hora y después me preguntó el nombre.
- Encantado Dakota. Me llamo Christian, pero puedes llamarme Chris.

Y después ya te lo puedes imaginar ¿no? Primero nos veíamos por allí. Al principio lo hacía por casualidad, pero después ya fue más directo. Hasta que llegó el día en el que me pidió para salir. Sus palabras eran tan dulces hacia mí que me era imposible no ruborizarme o quererle cada vez más. Al principio tenía miedo de decírselo a mis padres, pero fue él quien me dijo que se lo comentara, que le llevara a comer o a cenar algún día. Y como era como era, todo salió a pedir de boca. Yo encantada de tener un novio como él. Él encantado de tener una muñeca a la que cuidar cada día.
Debo decir que al principio todo iba como yo quería, como dos adolescentes reprimiendo las ganas que se tenían hacia el otro. Pero después comenzó a tomar las riendas de la relación. Se presentaba cuando quería a casa, cosa que me encantaba en realidad; me venía a recoger al instituto en coche; me llevaba al conservatorio todas las tardes y se quedaba a esperar. Un perfecto caballero. Con mi cara de niña, todos pensaban que era un familiar, un primo, un tío, así que pocos sabían lo que éramos en realidad. Al tiempo me dijiste que necesitabas pasar más tiempo conmigo, que no querías estar tanto tiempo sin mí. Así que tuve que dejar de ir todas las tardes a música, hasta el punto que me impediste volver. Yo no lo veía como una prohibición. Al contrario, me lo tomé como que era tan importante para ti que me necesitabas a tu lado cada día. En tu casa hacía los deberes. Y después me sentaba junto a ti. No hicimos nada prohibido, no querías abusar de mí, puesto que yo era menor. No querías que comenzaran a desconfiar de ti, y menos mis padres, ya te los habías ganado, y con tan solo una sonrisa. Después vino el dejar de salir con mis amigas, pero para ello tuvieron que pasar dos años, cada vez salía menos. Durante mi último curso de instituto intentaste que tan solo me concentrara en los estudios, y tú te presentabas como el premio los fines de semana. Así que aquel año fue donde lo dejé todo, menos los estudios y a ti. Eso sí, las comidas familiares eran importantes. Lo que yo veía era que me cuidabas, y yo después me sentía en deuda contigo, por eso  te consentía muchas cosas, demasiadas.

Sinceramente, quería verlo sufrir como yo lo estaba haciendo durante todos aquellos años. Yo intentaba olvidar, dejarlo todo a un lado, comenzar de nuevo, olvidar tanto los buenos como los malos momentos, pero a veces me era imposible. Era tan encantador cuando quería que le odiaba. Quería olvidarlo. Pero pensando en eso no iba a conseguir mucho. Tenía que llevar a mi mente a otra parte, mantenerla distraída, pero no tenía fuerzas. Había agotado todo lo que había en mi interior dejándome vacía completamente. Necesitaba rellenarme, volver a ser la de antes. Alguna vez pensé: «Y si alguna vez lo vuelvo a ver ¿qué pasará? ¿Volveré a sentir lo mismo o tendré ganas de matarle? ¿Lloraré?». No quería admitirlo pero tenía curiosidad. Ya habían pasado dos años y tenía que volver a la normalidad de antes, aunque hubiera olvidado lo que aquella palabra significaba. Lo volví a ver una noche. Sin querer. Y no me lo pude creer.

Bajaba por la escalera el sábado por la noche. Estaba todo muy oscuro. Escuché un coche en la salida de casa que frenaba y después como se apagaba el motor. Entré en la cocina y cogí un vaso de agua. Volví a las escaleras. Unos pasos se acercaban acompañados de unas risas: la de mi madre y... no podía ser. Me quedé allí, paralizada. Sin saber cómo, me quedé allí en la escalera, las manos me temblaban, todo el cuerpo. La puerta se entreabrió. Más risas y un
- Shhh... Dakota está durmiendo ¿no querrás despertarla?

A lo mejor era lo que pretendían. Ella estaba un poco borracha. Yo sabía que con unas copas mi madre ya estaba a merced del alcohol, no pensaba por ella misma. Escuché un beso y después la puerta se abrió con un «pasa, vamos» de mi madre. Y todo se quedó allí, miraron hacia la escalera, y allí estaba yo. Paralizada, sin saber qué hacer. Mi madre se quedó con cara de terror, y Chris se puso blanco. Yo negaba con la cabeza. No me lo podía creer, aquello era surrealista. Imposible. No. No podía ser.

No. No. No. No. No. No. No. No. No. NO. NO. NO. NONONONONONO. - decía constantemente para mí mientras algunas lágrimas recorrian silenciosas mi rostro.- No puede ser. TÚ. MAMÁ. NO.

Reaccioné y me subí a mi habitación corriendo. Chris se quedó callado sin decir palabra, sabía que la había cagado hasta el fondo, hasta el más profundo agujero.

¡INCONSCIENTE! - Le grité a mi madre. - ¿POR QUÉ? ¿QUÉ TE HE HECHO?

Y cerré la puerta de mi habitación. Me llevé las manos a la cabeza y grité secamente.  Cogí el móvil e, instintivamente, llamé a un taxista. Abrí mi armario y sin pensármelo dos veces cogí las dos maletas y comencé a vaciar mi armario. Lo metí todo. Cogí los libros y los puse en mochilas. Recogí todo lo que sabía que necesitaría y lo guardé donde pude. Dejé cosas que no iba a volver a necesitar, como algunas fotografías, peluches, sábanas... cogí el ordenador portátil, mis cuadernos, mis memorias externas... y por último la caja que encontré un par de días atrás. Lo cogí todo con lágrimas en los ojos, las maletas con ropa las tiré por el balcón para no tener que bajarlas por la escalera. Agarré como pude todo lo demás y me fui. No miré a la cara a mi madre. Pasé por el lado de Chris y no sentí nada, nada de lo que un día me pudo provocar su presencia o sus lágrimas, había conseguido lo que un día me propuse: olvidar lo que sentía por él. Tuve que volver a subir para recoger lo último, cogí las llaves por última vez, y cerré la puerta. Mi madre se quedó sentada en las escaleras, donde yo me enteré de su secreto más secreto de todos. Me pregunto desde cuándo. Y él se quedó en el mismo lugar desde el principio, parecía petrificado. Al volver a salir el taxi había llegado. No sabía a donde ir, pero quería escapar de aquel lugar. Me ayudó a colocar las cosas en el maletero, y una vez dentro supe que comenzaba de nuevo.

martes, 11 de junio de 2013

Cinco


Estos días de verano me hacen recordar viejos tiempos, bueno, no tan lejanos. Después de decirme adiós. Pasaron unas semanas y dejé de interesarme por todo lo que ocurría a mi alrededor. Los deberes, las asignaturas, los profesores, la comida... Todo, lo que es todo todo.
Me quedé en mi oscura habitación como tantas otras veces. Miré las estanterías. Recorrí cada estante desde el primero de la izquierda hasta la derecha, y después bajé hasta llegar al suelo. Miré después mi escritorio, lleno de papeles, libretas, post-its, rotuladores, lápices... y algo que brillaba con la luz que podía entrar por la persiana que estaba casi bajada del todo. Lo cogí. Eran las tijeras de clase. Las cogí con ambas manos. No estaba pensando en nada. Las abrí con la mano derecha y las apoyé en la mano izquierda lo más abiertas que podía, y después sin pensarlo dos veces... las deslicé hacia abajo. Me di cuenta de lo que acababa de hacer y las dejé encima del escritorio. Miré mi mano, y vi como comenzaba a salir la sangre de la herida. Fue uno de esos momentos en los que no había ninguna lágrima cerca. Me levanté de un salto de la silla y encendí la luz. No podía creer lo que acababa de hacer. Me miré la mano con los ojos como platos. La cerré y me fui al baño. La puse bajo el grifo y cogí una gasa para taparlo, después me la vendé con un poco de venda. Volví a la habitación, encendí la luz del escritorio y miré tres gotas de sangre que habían caído en una hoja en blanco. Tenía la mano como un puño. No sentía dolor. Me dolía más el corazón. Después me volví a fijar en las tijeras. Cogí un pañuelo y las limpié de sangre. Puse ambas manos sobre la mesa, y después mi cabeza. No quería pensar porque sabía que si empezaba a pensar iba a acabar pensando en ti. Y no quería que aquello sucediera. Levanté la cabeza un poco y volví a ver las tijeras. Fue impulsivo. Las volví a coger. Me miré la muñeca izquierda. E hice algo de lo que estaba no estaba nada de acuerdo, pero no era yo la que mandaba las órdenes a mi cuerpo, a mis manos. Acerqué la tijera a la muñeca y sin más realicé cinco cortes verticales paralelos entre ellos, y después otros dos horizontales sobre los otros cinco. No muy profundos, porque en la mano supe que me había pasado. Cinco por los años que pasamos juntos, dos por los años que pasé alejada de la vida. Apagué la luz y me quedé sentaba en el suelo, en silencio, junto a unas lágrimas que iban apareciendo.
Aquello lo oculté, no fue difícil, nadie se fijaba en mí, así que fue sencillo seguir haciéndolo. Sabía que no estaba bien, que estaba fallándome a mí misma, que estaba violando una de mis reglas, uno de mis principios. Sabía que cuando saliera de aquello me arrepentiría de aquellos cortes, pero hasta el momento era lo único que podía hacerme sentir viva. Iba pasando el tiempo y aquellos cortes pasaban a formar parte de mí, parte de mi vida, de mi día a día.
A parte de aquella masacre que hacía con mi piel, tenía una hoja que guardaba bajo el colchón y cada día dibujaba una raya al lado de las demás. Después lo volvía a guardar abajo. Pasado aquel tiempo, aquellos dos años volví a mirar todas aquellas rayas. Mi intención no era contarlas, era simplemente hacerlas, para ver que pasaban los días a pesar del dolor.
Aquellos cortes en mi muñeca los tapaba con un pañuelo de color negro. Cada vez que salía de casa, de mi habitación, me lo colocaba y seguía con mi vida fuera de aquella tortura para seguir enfrentándome al infierno que era el mundo.

En aquel momento yo no era consciente de nada. Tan solo pensaba en autolesionarme por ser como era, por ser débil, tonta... por haber dejado que un ser me hubiera partido el corazón en mil y un pedazos. Había sido una estúpida. Me había manipulado y yo le había dejado. Pensaba que era más fuerte que aquello, pero ya pude ver que no, que era una más, una tonta e incrédula que se dejó llevar por un sentimiento que desbordaba a mi corazón por todos lados. Si hubiera podido en el instante del primer corte dar marcha atrás para no dejar que tonteara conmigo... lo hubiera hecho, para no dejarle que me obligara a dejarlo todo por él, para seguir con mi vida, porque aunque no era perfecta, era suficiente para continuar viviéndola. Y ahora... tenía cicatrices en mis muñecas que se abrían cada noche, cuando tan solo era la luna la que me protegía de la maldad del mundo.
Al cabo de un tiempo, aquellos cortes se multiplicaron, cada vez que recordaba algo nuevo, realizaba otro corte, no demasiado profundo. En realidad no quería quitarme la vida, aunque no recuerdo muy bien lo que sentía en aquellos momentos, hacía varios meses que había dejado de hacerlo, ya no me producía el daño que antes sentía. Quería sentir tanto dolor como fuera posible, sentir que se podía sufrir de otra manera, así que si moría, no podía seguir sintiendo aquellas marcas en mi piel, ya no habría dolor y yo dejaría de castigarme. Echando la vista atrás, pienso que no obré conscientemente, debería haber pedido ayuda, me estaba consumiendo en vida. Estaba dejándome llevar por unos sentimientos que tenía que controlar como fuese, pero no tenía nadie a mi lado. Las personas que un día llegaron a importarme demasiado se alejaron de mí. Estaba sola. Tan solo sabían aquellas cuatro paredes que me protegían del exterior todo el mal, el daño, los miedos... que tenía, que estaba sufriendo día a día.

Había estado escribiendo todo aquel tiempo. Después de lesionarme, cogía un folio y escribía palabras. Tan solo palabras. Con ellas describía cómo me sentía en ese momento. Se repetían siempre, pero comencé a analizarlas, a analizarme. Pensaba que podía sacar más cosas y que un día, un día en el que ya estuviera bien, podría leerlas y comprender por qué hice aquello. Todas aquellas hojas tenían gotas de sangre. Tenía muchas folios, guardados en una caja, sin doblarlos. Todo el dolor se encontraba impregnado en aquella caja, en aquellos folios, se podía oler en la sangre que los pintaba. Podías sentir ese mismo dolor si escuchabas las palabras que podía gritar mi habitación.
Me estaba ahogando, necesitaba salir de allí. Tantos años encerrada en aquellas cuatro paredes sin pensar en nada más que en el dolor que impregnaba mi vida. Y ahora, con aquellas cicatrices en mis brazos, en mis muñecas; con aquellas huellas en mi piel, tenía que empezar de cero. Mirarlas y subir, ascender, ser más fuerte. Tenía que demostrar y demostrarme que podía con ello, que yo podía salir de cualquier situación que estaba a punto de quitarme la vida. Y aquel era el momento, mi oportunidad porque tenía mi mente clara, aunque sin ningún objetivo, pero ya estaba preparada para salir de allí, para ser "yo" de nuevo, para dejar salir a la persona que un día encerraron en aquellas paredes.

lunes, 10 de junio de 2013

Cuatro


Miré a mi alrededor. Tan solo veía sombras donde antes habían cosas, cosas que me importaban. Me quedé sentada en la silla del escritorio y me quedé mirando por la ventana. No miraba a ninguna parte en concreto. Los pájaros iban de un lado hacia otro, sin posarse en ninguna rama. Tenía cerrada la ventana, el calor de la calle era demasiado agobiante. No me gustaba el calor. Prefería el invierno, y así quedarme en la cama con una taza de chocolate mientras me quedaba en blanco contemplando el techo. La mayoría del tiempo no sabía qué hacer, pero durante aquellos dos últimos años había aprendido que era mejor no pensar en nada que hacer algo que te hiciera recordar momentos que merecían ser olvidados. Ahora necesitaba ese chocolate, tumbarme en la cama y mirar el blanco techo. Pero hacía demasiada calor para el chocolate y no me gustaba tomarlo de otra manera.
Cuando lograba concentrarme en un ruido concreto era capaz de no escuchar nada más. Y fue por esa razón por la cual no escuché a mi vecina llamándome desde su jardín delantero. Al poco rato llegó mi madre con el Audi. Y fue entonces cuando escuché lo que decían.

- Tu hija parece un poco perdida. Le he estado llamando, pero no contestaba, y eso que estaba mirando por la ventana. Durante estos años he visto que ha cambiado mucho, ¿no es así?
- Sí, pero las personas cambian. Tenemos que dejarla, ya se le pasará. Supongo que quiere llamar la atención, pero tiene que comprender que ya no tiene dos años, que tiene veintiuno y no puede ir haciendo lo que hacía antes. Ha salido como su padre. Él era así. Estaba siempre en las nubes, pensando solamente en sus cosas, en sus personajes e historias.
- Pues, paciencia entonces... y por cierto, lo que te quería comentar...

Y desconecté. Mi madre. Siempre era mi madre. ¿Qué quería llamar la atención? ¿Su atención? Yo nunca he querido la atención de mi madre. Se portaba siempre mal conmigo. No era como las demás. Ella solía hablar mal de mí, tanto si estaba delante como si no. La escuchaba tras la puerta cuando tenía siente años. Venían sus amigas a  jugar a un juego de cartas o eso hacían creer, porque se pasaban la tarde hablando de sus hijos, de los problemas del vecindario, de la crisis del mundo y más tonterías de esas. Yo escuchaba con los oídos muy abiertos como las demás madres hablaban maravillas de sus niños, aunque no fueran ciertos, porque yo sabía que Dani solía pegar a las chicas, que Martín no hacía los deberes, que Selina solía hablarle mal a los profesores y que Sofía me pegaba todos los días, y aún sabiendo todo aquello de todos mis compañeros, me gustaba escuchar a sus madres como trataban bien a sus hijos. Mi madre, por el contrario, tan solo sabía decir de mí mentiras. Una vez les contó que no hacía los deberes y que me solía quedar en el patio del colegio después de que la campana de fin del recreo sonara. Otra vez, que en la piscina donde iba a hacer natación en verano casi había ahogado a un compañero, porque yo quería tirarme antes que él. Y mil cosas más que yo nunca había hecho. Y claro, todo aquello lo contabas antes de que mi padre entrara en casa, ella se aseguraba que no estuviese en casa cuando invitaba a sus "amigas" y hablaba tan bien de su única hija. Eras una pena de madre. No se la deseaba a nadie. Prefería a las madres de mis compañeros de clase que mienten, que los hacen ver como pequeños angelitos, aunque sean perfectos demonios. No salía de la habitación. Me quedaba en silencio. Sentada en el suelo, abrazada a mis piernas. Muchas veces pensé en escaparme, pero no sabia adónde ir. La abuela había fallecido cuando tan solo era una niña, y mi otro abuelo era viudo, y estaba muy lejos de allí. Tan solo me tenía a mí, mis peluches y la música.

Nunca me gustó ser el centro de atención, pero me encantaban los solos que me daban mis profesores de música cuando tocaba la flauta travesera, y la flauta dulce en el colegio. Me sentía importante. Pero nadie de mi familia vino nunca a ningún concierto mío. En esas clases extraescolares no tenía muchos amigos, tan solo dos chicas y un chico que vivíamos en la misma zona. Las dos niñas tocaban el violín y el niño el saxofón. Pero no íbamos al mismo colegio. Mi madre me llevaba a uno de pago, de los más caros de la ciudad, casi a cinco kilómetros de casa, así que me tenía que llevar todos los días o ir en autobús, el cual tuve que coger en cuanto cumplí los ocho años. Mi madre me dijo estas palabras el año que los cumplí:

Como ya eres mayor, vas a ir solita al colegio. No vas a ir sola, hay más gente.

Por supuesto que hay más gente mamá, pero a esa hora de la mañana, al coger el tren había toda clase de gente vagando por las calles, aunque viviéramos en las zonas más ricas de la ciudad. Pero me acostumbré. El señor del autobús me hizo sentarme junto a él, porque incluso a él le parecía desconcertante que una niña de apenas ocho años fuera sola a un colegio tan lejos de su casa. Aquel hombre sabía todo lo que se rondaba por allí.

Acabando de hablar de mis padres... se separaron a los tres meses de comenzar a llorar. Mi madre pensó que lloraba por ellos, porque ya no seríamos la familia perfecta que jugaban a ser. A mí no me importaba, siempre había sabido que no funcionaba aquello. Notaba como entre ellos no existía aquello que sentí con él. Veía como no se hablaban igual, todo había terminado entre ellos. Era mejor así. Yo no quería vivir en una casa en la que el amor no funcionaba, no quería vivir bajo el techo de una familia destruida, a la que se le habían caído todas las tejas encima. Me quedé a vivir con mi madre en aquella casa. Se suponía que éramos una nueva familia. Mi madre lo "intentó" al principio, pero después desistió y se perdió de vista, no sé qué hizo desde entonces.
Mi padre, en cambio, estaba destrozado. Cuando iba a verle, intentaba ocultar las lágrimas que me provocó el otro idiota. No hablábamos de la nueva situación, tan solo de los personajes que surgían de su mente para plasmarlos en sus historias de aventuras. Se sumergía al escribir y se olvidaba del mundo. Era, y sigue siendo, escritor. Mi madre odiaba que pasara horas y horas encerrado en su estudio escribiendo, pero en realidad era él quien traía el dinero a casa. No salía con nadie, al contrario que mi madre, que salía casi todas las noches, y no sé con quién, no me interesaba, yo no le interesaba a mi madre, ella a mi tampoco. Ella no trabajaba, seguía viviendo de mi padre. Pensaba que era su obligación mantenernos a ambas, pero era yo la que había decidido quedarme en aquella casa. Me hubiera ido con mi padre o a vivir sola, pero no quería depender de mi padre como lo hacía mi madre. Él vivía en un apartamento de una habitación, una pequeña sala, un cuarto de baño y el comedor junto a la cocina. Era imposible vivir allí con él. No le quedaba más dinero al mes para pagar ambas casas. Aquello era lo único que se podía permitir. Y yo no quería dejar mi habitación por mi madre. Era lo único que me quedaba, aunque parecía que allí tampoco encajaba. También quería empezar una nueva vida, y aquellos últimos meses veía como no funcionaba aquello. Tenía que hacer algo más, no mirar más el pasado, enterrarlo, encinerarlo, olvidarlo. Irme de allí.

viernes, 7 de junio de 2013

Tres


Él era mayor. Era atractivo, muy seductor. Y se fijó en mí. Una adolescente de quince años enamorada. Un primer amor, y encima, mayor de edad. Tenía veinte años entonces. Bueno, después de unos años me dijo la verdad, no tenía veinte, tenía veinticinco años. Pero no me importaba, yo era feliz a su lado, con él. Verle feliz era mi mayor pasión. Escuchar su risa... Mis amigas se ponían celosas. Los chicos no veían bien que saliera con alguien mayor. Mis padres... conque no dejara los estudios, eran felices.
Tu pelo oscuro, casi negro, con unos mechones en la frente. Irresistible. Esos ojos claros que se clavaron en mí. Inimitables. Tu piel pálida parecía que mostrara tu interior. Eras bastante alto, te llegaba por los hombros. Eras perfecto. Como salido de una historia de princesas. Me habías enamorado por completo, como a todas las demás, pero me habías elegido a mí de entre todas las demás. ¿Afortunada? Eso ya se vería, yo entonces así me creía.

Estuvimos saliendo un tiempo. Hasta que cumplí los diecisiete todo iba de maravilla. Entonces fue cuando me hizo enterrar todo lo que me daba vida, a parte de él. Enterré mi sonrisa, mis gustos, mis amigos, mis aficiones, mi música. Dejé de ser la persona que siempre había sido. La chica sonriente, soñadora, atenta, extrovertida y divertida iba a desaparecer. Estaba acabando conmigo, sin darme cuenta.
Cada vez que venía a casa, mi madre se ponía muy contenta y mi padre también. Solía decir que cuando él venía al fin podía hablar con una persona con cerebro, con un hombre como él. Yo estaba orgullosa de estar contigo. Muy orgullosa. Y tú te dabas cuenta. Me llevabas a sitios caros, me paseabas frente a tus amigos, era tu linda muñeca, como solías llamarme.
Tu muñeca. Me doy cuenta, poco a poco, de lo ciega que estuve. Puedo comprender por qué me enamoré de ti, no sé si lograré olvidarte, pero después de todo este tiempo lo he comprendido. Por eso me llamabas así. Por eso no me dejabas hacer nada, tenías miedo de que tu muñeca se rompiera. Querías jugar conmigo y ver hasta cuando te duraba en tu estúpido juego.

Cada uno de los días que habían pasado desde aquel día los había pasado pensando en ti. Y eso a ti no te importaba nada, nada. No te vi desde aquella noche, o quizás no quería volver a verte.
Ahora podía volver a encontrar mi camino. Ahora que sabía qué era lo que había perdido. Podía empezar de nuevo, o más bien, darme otra oportunidad en la vida. Habías destrozado mi vida, lo que había sido. Ahora me tocaba levantarme; volver a ser fuerte; olvidar todo lo que había vivido, volver a construir mis pilares, más sólidos, para no volver a caer.
No sabía por dónde empezar. Me quedé mirando el techo, en silencio. Pensando. Pero sin pensar en nada en concreto. Ya no había lágrimas que derramar, creo que ya no me quedaba ninguna, ya no necesitaba llorar más.

jueves, 6 de junio de 2013

Dos


Cuando estás llorando durante demasiado tiempo comienzas a olvidar por qué empezaste. Mis lagrimas ya no son saladas. Mi tristeza se ha convertido en pena. Mi corazón ya no es quien era. Yo ya no soy quien era, he cambiado, y no sé hasta qué punto eso es bueno.

Me llamo Dakota. Me dejaron. Y yo lo dejé todo por esa persona. Todo. Mi vida. Lo qué era, quién fui. Cuando piensas que conoces a una persona te das cuenta que no es así. Pero desgraciadamente, siempre es demasiado tarde. Muy tarde. Ha hecho que mi vida se consumiera. Que por lo que solía vivir, ya no me importara. Me alejó de todo y me acercó a él. Cuando piensas que eres feliz al lado de alguien, ocurren cosas, cosas que no te esperas, y es eso lo que causa una despedida amarga. Y, a veces, una despedida que no esperas en absoluto. Todo iba bien, genial, incluso. Pero no era suficiente para él. No estaba contento. No quería hacer lo de siempre. Se aburría conmigo. Unas de sus últimas palabras fueron:

Nos divertimos, pero ahora me aburro a tu lado.

«Me aburro», «a tu lado». Increíble, pero cierto al fin y al cabo. Me sentí desprotegida, aislada del mundo. Era mayor que yo. Unos años. Y lo peor es que a todos les caía bien. Nos veían como la pareja perfecta. Bueno, no iban mal encaminados, porque yo era feliz al principio.
Hice todo por ti. Lo dejé todo ¿no? Superé mis manías, me adapté a ti, porque lo que sentía por ti era mayor que todo lo demás. Lo que más le gustaba a mi madre de ti era que me apoyabas en los estudios. Me decía que eras un gran tipo, que le gustaba porque no me alejabas de lo que era verdaderamente importante. Pero ella tan solo veía mi apariencia. Nadie sabía lo que ocultaba en mi interior. Y yo tampoco.

No olvido lo último que me dijo. Esas palabras que desencadenaron las lágrimas de mi corazón. En ese instante sentí como mi corazón se moría, como se marchitaba a gran velocidad. Le había amado demasiado como para que ahora me dijera aquellas palabras. No entendía por qué entonces. Siempre hacía lo que él quería. Él era bueno conmigo. Éramos felices, o al menos eso era lo que yo pensaba.

Esto se ha acabado Dakota.

Así, sin más, esas cinco palabras salieron de su boca como un vendaval. Sin ningún sentimiento. Sin nada. No hizo ni dijo nada más. Bueno, se marchó, dejándome sola en la calle, de noche, sin nadie. Nada más. No podía odiarle. No comprendo por qué. Y desde aquel día llevo llorando. Dos años han pasado. Y todo en mi vida ha cambiado. No sé seguir caminando sin él. Era él el que me guiaba, apartaba cualquier mal de mi vida. Él lo era todo para mí. Era mi vida entera. Pero ahora... ahora que acabo de leer aquella nota... me he dado cuenta de algo. No era yo. Yo nunca fui así. Yo no hacía lo que los demás decían. Yo no dejaba que los demás mandaran sobre mis acciones. Algo había pasado.

miércoles, 5 de junio de 2013

Uno


Estás sola en casa y piensas que nada puede ocurrir. Piensas que en tu vida nada puede ir peor que tan solo recibes palos y que la felicidad no es para ti, aunque la merezcas más que nadie.
No quieres pensar en nada más que en dejar de respirar. No piensas en nada más, tan solo en dejarlo todo porque no puedes continuar caminando.
Te sientas al borde de la cama, y te llevas las manos a la cabeza. No ha sido un buen día. Todo el mundo te ha mirado mal, has notado como los demás se callan cuando entras en una habitación, en una clase... Sientes que aquel no es tu sitio, y tienes que tomar una decisión cuanto antes, porque tu corazón no soporta más esa vida. Una vida en la que a nadie importas. Una vida llena de desesperanza, una vida llena de mierda. Te levantas y empiezas a dar vueltas por el cuarto. Miras la estantería, miras todos tus libros. Una pasada muy superficial. Pero hay algo más. Una libreta que escribiste el verano anterior. Una libreta llena de esperanza, alegrías, felicidad, sueños... una libreta que te hizo ser la persona más feliz del mundo. Sonríes sin pensarlo. Fuiste feliz. Sigues la visita por tu vida. Llegas a una caja. Una caja oscura. La abres, no recuerdas lo que hay dentro. Te sientas en la cama y coges todo lo que hay dentro. Hay música. Discos sin sus carcasas. Discos sin identidad. Y folios arrugados. No recordabas que todo aquello lo guardabas allí. Y menos recuerdas por qué los escondías allí. Lees lo que pone. No son tan viejos aquellos discos. Esa música llenó tu corazón, gran parte de tu vida y por alguna razón la ocultaste.
Comenzaste a leer:
«No entiendo por qué tengo que dejar esto ahora. Él me pide que lo deje todo, que todo esto es una tontería y que tengo que madurar. Mis padres no soportan la música. Y él está de acuerdo en todo esto. Yo le quiero, de verdad. más que a nada. Pero la música es demasiado importante para mí. No sé qué hacer. No puedo deshacerme de mi vida. No puedo tirar todo esto. Me ha ayudado a superar momentos difíciles. He logrado ser la persona que soy ahora. No la mejor, pero me gusta cómo soy. [...] No logro entender por qué tengo que dejar de escuchar música. Si me quisiera me dejaría ¿no? Pero dice que necesita saber que le quiero de verdad, y me ha pedido que haga esto, que entierre la música. ¿Qué les diré a las de la banda? No quiero dejar el conservatorio, no quiero dejar mi vida. ¿Qué me está pasando? [...] Lo hago por él, porque sé que le quiero y que sin él no podría vivir. Él me da lo que en realidad necesito. Creo que lo estoy haciendo bien. Creo que es el momento de dejarlo todo atrás de una vez».

Había algunas frases que no se podían leer. Parecía que todo aquello había pasado hacía décadas, pero tan solo habían pasado dos años. Dos años. Piensas que habías hecho bien en dejar todo aquello. Él te hizo olvidar lo que sentías por la música, tu gran pasión. Y después, a los pocos meses de aquello te dejó. Sin más. Sin un porqué. Te derrumbaste. No sabías qué hacer. Tus padres no sabían qué hacer. Y tú olvidaste lo que hacías antes de estar con él durante aquel tiempo. Cambiaste por él y volviste a cambiar después de estar con él. No sabes quién eres. Has cambiado demasiado en poco tiempo. No te sientes cómoda con tu vida. Sientes como si la pieza que eres de este gran puzzle se hubiera roto.

Y ahora, tras leer aquella nota que te escribiste a ti misma hace dos años has comprendido algo. Ese vacío que sentías era por algo que sabías que necesitabas: la música. Pero no iba a ser todo tan fácil. Esto no es una película, esta es la historia de Dakota.