Estás sola en casa y piensas que nada puede ocurrir. Piensas que en tu vida nada puede ir peor que tan solo recibes palos y que la felicidad no es para ti, aunque la merezcas más que nadie.
No quieres pensar en nada más que en dejar de respirar. No piensas en nada más, tan solo en dejarlo todo porque no puedes continuar caminando.
Te sientas al borde de la cama, y te llevas las manos a la cabeza. No ha sido un buen día. Todo el mundo te ha mirado mal, has notado como los demás se callan cuando entras en una habitación, en una clase... Sientes que aquel no es tu sitio, y tienes que tomar una decisión cuanto antes, porque tu corazón no soporta más esa vida. Una vida en la que a nadie importas. Una vida llena de desesperanza, una vida llena de mierda. Te levantas y empiezas a dar vueltas por el cuarto. Miras la estantería, miras todos tus libros. Una pasada muy superficial. Pero hay algo más. Una libreta que escribiste el verano anterior. Una libreta llena de esperanza, alegrías, felicidad, sueños... una libreta que te hizo ser la persona más feliz del mundo. Sonríes sin pensarlo. Fuiste feliz. Sigues la visita por tu vida. Llegas a una caja. Una caja oscura. La abres, no recuerdas lo que hay dentro. Te sientas en la cama y coges todo lo que hay dentro. Hay música. Discos sin sus carcasas. Discos sin identidad. Y folios arrugados. No recordabas que todo aquello lo guardabas allí. Y menos recuerdas por qué los escondías allí. Lees lo que pone. No son tan viejos aquellos discos. Esa música llenó tu corazón, gran parte de tu vida y por alguna razón la ocultaste.
Comenzaste a leer:
«No entiendo por qué tengo que dejar esto ahora. Él me pide que lo deje todo, que todo esto es una tontería y que tengo que madurar. Mis padres no soportan la música. Y él está de acuerdo en todo esto. Yo le quiero, de verdad. más que a nada. Pero la música es demasiado importante para mí. No sé qué hacer. No puedo deshacerme de mi vida. No puedo tirar todo esto. Me ha ayudado a superar momentos difíciles. He logrado ser la persona que soy ahora. No la mejor, pero me gusta cómo soy. [...] No logro entender por qué tengo que dejar de escuchar música. Si me quisiera me dejaría ¿no? Pero dice que necesita saber que le quiero de verdad, y me ha pedido que haga esto, que entierre la música. ¿Qué les diré a las de la banda? No quiero dejar el conservatorio, no quiero dejar mi vida. ¿Qué me está pasando? [...] Lo hago por él, porque sé que le quiero y que sin él no podría vivir. Él me da lo que en realidad necesito. Creo que lo estoy haciendo bien. Creo que es el momento de dejarlo todo atrás de una vez».
Había algunas frases que no se podían leer. Parecía que todo aquello había pasado hacía décadas, pero tan solo habían pasado dos años. Dos años. Piensas que habías hecho bien en dejar todo aquello. Él te hizo olvidar lo que sentías por la música, tu gran pasión. Y después, a los pocos meses de aquello te dejó. Sin más. Sin un porqué. Te derrumbaste. No sabías qué hacer. Tus padres no sabían qué hacer. Y tú olvidaste lo que hacías antes de estar con él durante aquel tiempo. Cambiaste por él y volviste a cambiar después de estar con él. No sabes quién eres. Has cambiado demasiado en poco tiempo. No te sientes cómoda con tu vida. Sientes como si la pieza que eres de este gran puzzle se hubiera roto.
Y ahora, tras leer aquella nota que te escribiste a ti misma hace dos años has comprendido algo. Ese vacío que sentías era por algo que sabías que necesitabas: la música. Pero no iba a ser todo tan fácil. Esto no es una película, esta es la historia de Dakota.
No hay comentarios:
Publicar un comentario