lunes, 10 de junio de 2013

Cuatro


Miré a mi alrededor. Tan solo veía sombras donde antes habían cosas, cosas que me importaban. Me quedé sentada en la silla del escritorio y me quedé mirando por la ventana. No miraba a ninguna parte en concreto. Los pájaros iban de un lado hacia otro, sin posarse en ninguna rama. Tenía cerrada la ventana, el calor de la calle era demasiado agobiante. No me gustaba el calor. Prefería el invierno, y así quedarme en la cama con una taza de chocolate mientras me quedaba en blanco contemplando el techo. La mayoría del tiempo no sabía qué hacer, pero durante aquellos dos últimos años había aprendido que era mejor no pensar en nada que hacer algo que te hiciera recordar momentos que merecían ser olvidados. Ahora necesitaba ese chocolate, tumbarme en la cama y mirar el blanco techo. Pero hacía demasiada calor para el chocolate y no me gustaba tomarlo de otra manera.
Cuando lograba concentrarme en un ruido concreto era capaz de no escuchar nada más. Y fue por esa razón por la cual no escuché a mi vecina llamándome desde su jardín delantero. Al poco rato llegó mi madre con el Audi. Y fue entonces cuando escuché lo que decían.

- Tu hija parece un poco perdida. Le he estado llamando, pero no contestaba, y eso que estaba mirando por la ventana. Durante estos años he visto que ha cambiado mucho, ¿no es así?
- Sí, pero las personas cambian. Tenemos que dejarla, ya se le pasará. Supongo que quiere llamar la atención, pero tiene que comprender que ya no tiene dos años, que tiene veintiuno y no puede ir haciendo lo que hacía antes. Ha salido como su padre. Él era así. Estaba siempre en las nubes, pensando solamente en sus cosas, en sus personajes e historias.
- Pues, paciencia entonces... y por cierto, lo que te quería comentar...

Y desconecté. Mi madre. Siempre era mi madre. ¿Qué quería llamar la atención? ¿Su atención? Yo nunca he querido la atención de mi madre. Se portaba siempre mal conmigo. No era como las demás. Ella solía hablar mal de mí, tanto si estaba delante como si no. La escuchaba tras la puerta cuando tenía siente años. Venían sus amigas a  jugar a un juego de cartas o eso hacían creer, porque se pasaban la tarde hablando de sus hijos, de los problemas del vecindario, de la crisis del mundo y más tonterías de esas. Yo escuchaba con los oídos muy abiertos como las demás madres hablaban maravillas de sus niños, aunque no fueran ciertos, porque yo sabía que Dani solía pegar a las chicas, que Martín no hacía los deberes, que Selina solía hablarle mal a los profesores y que Sofía me pegaba todos los días, y aún sabiendo todo aquello de todos mis compañeros, me gustaba escuchar a sus madres como trataban bien a sus hijos. Mi madre, por el contrario, tan solo sabía decir de mí mentiras. Una vez les contó que no hacía los deberes y que me solía quedar en el patio del colegio después de que la campana de fin del recreo sonara. Otra vez, que en la piscina donde iba a hacer natación en verano casi había ahogado a un compañero, porque yo quería tirarme antes que él. Y mil cosas más que yo nunca había hecho. Y claro, todo aquello lo contabas antes de que mi padre entrara en casa, ella se aseguraba que no estuviese en casa cuando invitaba a sus "amigas" y hablaba tan bien de su única hija. Eras una pena de madre. No se la deseaba a nadie. Prefería a las madres de mis compañeros de clase que mienten, que los hacen ver como pequeños angelitos, aunque sean perfectos demonios. No salía de la habitación. Me quedaba en silencio. Sentada en el suelo, abrazada a mis piernas. Muchas veces pensé en escaparme, pero no sabia adónde ir. La abuela había fallecido cuando tan solo era una niña, y mi otro abuelo era viudo, y estaba muy lejos de allí. Tan solo me tenía a mí, mis peluches y la música.

Nunca me gustó ser el centro de atención, pero me encantaban los solos que me daban mis profesores de música cuando tocaba la flauta travesera, y la flauta dulce en el colegio. Me sentía importante. Pero nadie de mi familia vino nunca a ningún concierto mío. En esas clases extraescolares no tenía muchos amigos, tan solo dos chicas y un chico que vivíamos en la misma zona. Las dos niñas tocaban el violín y el niño el saxofón. Pero no íbamos al mismo colegio. Mi madre me llevaba a uno de pago, de los más caros de la ciudad, casi a cinco kilómetros de casa, así que me tenía que llevar todos los días o ir en autobús, el cual tuve que coger en cuanto cumplí los ocho años. Mi madre me dijo estas palabras el año que los cumplí:

Como ya eres mayor, vas a ir solita al colegio. No vas a ir sola, hay más gente.

Por supuesto que hay más gente mamá, pero a esa hora de la mañana, al coger el tren había toda clase de gente vagando por las calles, aunque viviéramos en las zonas más ricas de la ciudad. Pero me acostumbré. El señor del autobús me hizo sentarme junto a él, porque incluso a él le parecía desconcertante que una niña de apenas ocho años fuera sola a un colegio tan lejos de su casa. Aquel hombre sabía todo lo que se rondaba por allí.

Acabando de hablar de mis padres... se separaron a los tres meses de comenzar a llorar. Mi madre pensó que lloraba por ellos, porque ya no seríamos la familia perfecta que jugaban a ser. A mí no me importaba, siempre había sabido que no funcionaba aquello. Notaba como entre ellos no existía aquello que sentí con él. Veía como no se hablaban igual, todo había terminado entre ellos. Era mejor así. Yo no quería vivir en una casa en la que el amor no funcionaba, no quería vivir bajo el techo de una familia destruida, a la que se le habían caído todas las tejas encima. Me quedé a vivir con mi madre en aquella casa. Se suponía que éramos una nueva familia. Mi madre lo "intentó" al principio, pero después desistió y se perdió de vista, no sé qué hizo desde entonces.
Mi padre, en cambio, estaba destrozado. Cuando iba a verle, intentaba ocultar las lágrimas que me provocó el otro idiota. No hablábamos de la nueva situación, tan solo de los personajes que surgían de su mente para plasmarlos en sus historias de aventuras. Se sumergía al escribir y se olvidaba del mundo. Era, y sigue siendo, escritor. Mi madre odiaba que pasara horas y horas encerrado en su estudio escribiendo, pero en realidad era él quien traía el dinero a casa. No salía con nadie, al contrario que mi madre, que salía casi todas las noches, y no sé con quién, no me interesaba, yo no le interesaba a mi madre, ella a mi tampoco. Ella no trabajaba, seguía viviendo de mi padre. Pensaba que era su obligación mantenernos a ambas, pero era yo la que había decidido quedarme en aquella casa. Me hubiera ido con mi padre o a vivir sola, pero no quería depender de mi padre como lo hacía mi madre. Él vivía en un apartamento de una habitación, una pequeña sala, un cuarto de baño y el comedor junto a la cocina. Era imposible vivir allí con él. No le quedaba más dinero al mes para pagar ambas casas. Aquello era lo único que se podía permitir. Y yo no quería dejar mi habitación por mi madre. Era lo único que me quedaba, aunque parecía que allí tampoco encajaba. También quería empezar una nueva vida, y aquellos últimos meses veía como no funcionaba aquello. Tenía que hacer algo más, no mirar más el pasado, enterrarlo, encinerarlo, olvidarlo. Irme de allí.

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