Estos días de verano me hacen recordar viejos tiempos, bueno, no tan lejanos. Después de decirme adiós. Pasaron unas semanas y dejé de interesarme por todo lo que ocurría a mi alrededor. Los deberes, las asignaturas, los profesores, la comida... Todo, lo que es todo todo.
Me quedé en mi oscura habitación como tantas otras veces. Miré las estanterías. Recorrí cada estante desde el primero de la izquierda hasta la derecha, y después bajé hasta llegar al suelo. Miré después mi escritorio, lleno de papeles, libretas, post-its, rotuladores, lápices... y algo que brillaba con la luz que podía entrar por la persiana que estaba casi bajada del todo. Lo cogí. Eran las tijeras de clase. Las cogí con ambas manos. No estaba pensando en nada. Las abrí con la mano derecha y las apoyé en la mano izquierda lo más abiertas que podía, y después sin pensarlo dos veces... las deslicé hacia abajo. Me di cuenta de lo que acababa de hacer y las dejé encima del escritorio. Miré mi mano, y vi como comenzaba a salir la sangre de la herida. Fue uno de esos momentos en los que no había ninguna lágrima cerca. Me levanté de un salto de la silla y encendí la luz. No podía creer lo que acababa de hacer. Me miré la mano con los ojos como platos. La cerré y me fui al baño. La puse bajo el grifo y cogí una gasa para taparlo, después me la vendé con un poco de venda. Volví a la habitación, encendí la luz del escritorio y miré tres gotas de sangre que habían caído en una hoja en blanco. Tenía la mano como un puño. No sentía dolor. Me dolía más el corazón. Después me volví a fijar en las tijeras. Cogí un pañuelo y las limpié de sangre. Puse ambas manos sobre la mesa, y después mi cabeza. No quería pensar porque sabía que si empezaba a pensar iba a acabar pensando en ti. Y no quería que aquello sucediera. Levanté la cabeza un poco y volví a ver las tijeras. Fue impulsivo. Las volví a coger. Me miré la muñeca izquierda. E hice algo de lo que estaba no estaba nada de acuerdo, pero no era yo la que mandaba las órdenes a mi cuerpo, a mis manos. Acerqué la tijera a la muñeca y sin más realicé cinco cortes verticales paralelos entre ellos, y después otros dos horizontales sobre los otros cinco. No muy profundos, porque en la mano supe que me había pasado. Cinco por los años que pasamos juntos, dos por los años que pasé alejada de la vida. Apagué la luz y me quedé sentaba en el suelo, en silencio, junto a unas lágrimas que iban apareciendo.
Aquello lo oculté, no fue difícil, nadie se fijaba en mí, así que fue sencillo seguir haciéndolo. Sabía que no estaba bien, que estaba fallándome a mí misma, que estaba violando una de mis reglas, uno de mis principios. Sabía que cuando saliera de aquello me arrepentiría de aquellos cortes, pero hasta el momento era lo único que podía hacerme sentir viva. Iba pasando el tiempo y aquellos cortes pasaban a formar parte de mí, parte de mi vida, de mi día a día.
A parte de aquella masacre que hacía con mi piel, tenía una hoja que guardaba bajo el colchón y cada día dibujaba una raya al lado de las demás. Después lo volvía a guardar abajo. Pasado aquel tiempo, aquellos dos años volví a mirar todas aquellas rayas. Mi intención no era contarlas, era simplemente hacerlas, para ver que pasaban los días a pesar del dolor.
Aquellos cortes en mi muñeca los tapaba con un pañuelo de color negro. Cada vez que salía de casa, de mi habitación, me lo colocaba y seguía con mi vida fuera de aquella tortura para seguir enfrentándome al infierno que era el mundo.
En aquel momento yo no era consciente de nada. Tan solo pensaba en autolesionarme por ser como era, por ser débil, tonta... por haber dejado que un ser me hubiera partido el corazón en mil y un pedazos. Había sido una estúpida. Me había manipulado y yo le había dejado. Pensaba que era más fuerte que aquello, pero ya pude ver que no, que era una más, una tonta e incrédula que se dejó llevar por un sentimiento que desbordaba a mi corazón por todos lados. Si hubiera podido en el instante del primer corte dar marcha atrás para no dejar que tonteara conmigo... lo hubiera hecho, para no dejarle que me obligara a dejarlo todo por él, para seguir con mi vida, porque aunque no era perfecta, era suficiente para continuar viviéndola. Y ahora... tenía cicatrices en mis muñecas que se abrían cada noche, cuando tan solo era la luna la que me protegía de la maldad del mundo.
Al cabo de un tiempo, aquellos cortes se multiplicaron, cada vez que recordaba algo nuevo, realizaba otro corte, no demasiado profundo. En realidad no quería quitarme la vida, aunque no recuerdo muy bien lo que sentía en aquellos momentos, hacía varios meses que había dejado de hacerlo, ya no me producía el daño que antes sentía. Quería sentir tanto dolor como fuera posible, sentir que se podía sufrir de otra manera, así que si moría, no podía seguir sintiendo aquellas marcas en mi piel, ya no habría dolor y yo dejaría de castigarme. Echando la vista atrás, pienso que no obré conscientemente, debería haber pedido ayuda, me estaba consumiendo en vida. Estaba dejándome llevar por unos sentimientos que tenía que controlar como fuese, pero no tenía nadie a mi lado. Las personas que un día llegaron a importarme demasiado se alejaron de mí. Estaba sola. Tan solo sabían aquellas cuatro paredes que me protegían del exterior todo el mal, el daño, los miedos... que tenía, que estaba sufriendo día a día.
Había estado escribiendo todo aquel tiempo. Después de lesionarme, cogía un folio y escribía palabras. Tan solo palabras. Con ellas describía cómo me sentía en ese momento. Se repetían siempre, pero comencé a analizarlas, a analizarme. Pensaba que podía sacar más cosas y que un día, un día en el que ya estuviera bien, podría leerlas y comprender por qué hice aquello. Todas aquellas hojas tenían gotas de sangre. Tenía muchas folios, guardados en una caja, sin doblarlos. Todo el dolor se encontraba impregnado en aquella caja, en aquellos folios, se podía oler en la sangre que los pintaba. Podías sentir ese mismo dolor si escuchabas las palabras que podía gritar mi habitación.
Me estaba ahogando, necesitaba salir de allí. Tantos años encerrada en aquellas cuatro paredes sin pensar en nada más que en el dolor que impregnaba mi vida. Y ahora, con aquellas cicatrices en mis brazos, en mis muñecas; con aquellas huellas en mi piel, tenía que empezar de cero. Mirarlas y subir, ascender, ser más fuerte. Tenía que demostrar y demostrarme que podía con ello, que yo podía salir de cualquier situación que estaba a punto de quitarme la vida. Y aquel era el momento, mi oportunidad porque tenía mi mente clara, aunque sin ningún objetivo, pero ya estaba preparada para salir de allí, para ser "yo" de nuevo, para dejar salir a la persona que un día encerraron en aquellas paredes.
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