viernes, 7 de junio de 2013

Tres


Él era mayor. Era atractivo, muy seductor. Y se fijó en mí. Una adolescente de quince años enamorada. Un primer amor, y encima, mayor de edad. Tenía veinte años entonces. Bueno, después de unos años me dijo la verdad, no tenía veinte, tenía veinticinco años. Pero no me importaba, yo era feliz a su lado, con él. Verle feliz era mi mayor pasión. Escuchar su risa... Mis amigas se ponían celosas. Los chicos no veían bien que saliera con alguien mayor. Mis padres... conque no dejara los estudios, eran felices.
Tu pelo oscuro, casi negro, con unos mechones en la frente. Irresistible. Esos ojos claros que se clavaron en mí. Inimitables. Tu piel pálida parecía que mostrara tu interior. Eras bastante alto, te llegaba por los hombros. Eras perfecto. Como salido de una historia de princesas. Me habías enamorado por completo, como a todas las demás, pero me habías elegido a mí de entre todas las demás. ¿Afortunada? Eso ya se vería, yo entonces así me creía.

Estuvimos saliendo un tiempo. Hasta que cumplí los diecisiete todo iba de maravilla. Entonces fue cuando me hizo enterrar todo lo que me daba vida, a parte de él. Enterré mi sonrisa, mis gustos, mis amigos, mis aficiones, mi música. Dejé de ser la persona que siempre había sido. La chica sonriente, soñadora, atenta, extrovertida y divertida iba a desaparecer. Estaba acabando conmigo, sin darme cuenta.
Cada vez que venía a casa, mi madre se ponía muy contenta y mi padre también. Solía decir que cuando él venía al fin podía hablar con una persona con cerebro, con un hombre como él. Yo estaba orgullosa de estar contigo. Muy orgullosa. Y tú te dabas cuenta. Me llevabas a sitios caros, me paseabas frente a tus amigos, era tu linda muñeca, como solías llamarme.
Tu muñeca. Me doy cuenta, poco a poco, de lo ciega que estuve. Puedo comprender por qué me enamoré de ti, no sé si lograré olvidarte, pero después de todo este tiempo lo he comprendido. Por eso me llamabas así. Por eso no me dejabas hacer nada, tenías miedo de que tu muñeca se rompiera. Querías jugar conmigo y ver hasta cuando te duraba en tu estúpido juego.

Cada uno de los días que habían pasado desde aquel día los había pasado pensando en ti. Y eso a ti no te importaba nada, nada. No te vi desde aquella noche, o quizás no quería volver a verte.
Ahora podía volver a encontrar mi camino. Ahora que sabía qué era lo que había perdido. Podía empezar de nuevo, o más bien, darme otra oportunidad en la vida. Habías destrozado mi vida, lo que había sido. Ahora me tocaba levantarme; volver a ser fuerte; olvidar todo lo que había vivido, volver a construir mis pilares, más sólidos, para no volver a caer.
No sabía por dónde empezar. Me quedé mirando el techo, en silencio. Pensando. Pero sin pensar en nada en concreto. Ya no había lágrimas que derramar, creo que ya no me quedaba ninguna, ya no necesitaba llorar más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario