Un abrazo cuando más lo necesitas.
Hacía tiempo que no me sentía así, que nadie me quería tanto como en aquel momento. El contacto con los demás lo perdí. Perdí esa sensación de abrazar a las personas que te rodean. Entre los brazos de mi padre pude sentir todo lo que había estado guardando durante tanto tiempo. Estaba llorando, al igual que yo. No por mucho que escondas tus lágrimas eres más hombre. Serás mejor persona si puedes mostrar tus sentimientos. Y en ese momento necesitaba ver llorar a mi padre, sentirle en aquel abrazo, oler su colonia tan cerca. Esa colonia que me costó encontrar cuando tenía nueve años.
Recuerdo que estaba muy entusiasmada con el cumpleaños de una de las personas más importantes de mi vida: mi padre. Salí a comprar con mi madre y entramos a una perfumería. Me encantaba pasearme por los pasillos y oler todas las colonias y perfumes a la vez. Y, de repente, me detuve en la sección masculina y me quedé observando un frasco, de color negro en forma de esfera, con letras en color blanco. Lo cogí y eché un poco en el aire, inspiré fuerte y me enamoré de ese perfume. Sonreí y fui casi corriendo a mi madre. ¡Estaba alarmada! Su hija corriendo por un lugar público con una colonia entre las manos y llamando su atención.
- ¡Dakota! - me dijo, y después continuó casi susurrándome - ¿Qué te he dicho sobre correr y gritar en lugares público? Y ¿no sabes que no puedes coger eso así? Dame, lo iré a colocar a su sitio.
- Mamá. - Le dije seria.- No. Eso es el regalo de papá.
- ¿Un regalo para papá? - Dijo antes de colocar el perfume en el están.- ¿Le vas a regalar ese te perfume? Pero tú no tienes dinero cariño, y no sabes si le va a gustar.
- Seguro que le gusta, estoy segurísima. Y tengo dinero ahorrado. Será mi regalo de cumpleaños. - Le dije sonriendo de oreja a oreja.
- Bueno, tendrás que coger una caja de éstas. Hay dos tamaños: grande y pequeña. Elige. - Yo las veía iguales.
Quería que le durara, así que escogí el grande. Fuimos a la caja, pagué mi regalo, ayudé a envolverlo y me fui a casa sonriendo.
Ese olor ya era parte de él. Cada vez que se le terminaba iba a comprar un nuevo frasco de perfume. Aunque yo sabía que siempre tenía uno guardado en su armario.
Me tumbé en el sofá (muy cómodo, la verdad) y me quedé mirando el techo, pero esta vez mi mente no se quedó en blanco como de costumbre. Empecé a pensar en mi futuro, en las clases del año siguiente, en la casa de mi padre, en mi vida. Todo aquello junto, por primera vez después de tanto tiempo. No me sentía ni feliz, ni triste, ni enfadada, ni nada. Simplemente estaba allí, sabiendo que iba a comenzar una nueva vida. Que mi vida al fin comenzaba, que era yo la dueña de mis decisiones, yo era la que manejaba el pincel en este lienzo. Era yo la protagonista de esta historia.
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