viernes, 21 de junio de 2013

Siete


Creo que estaba en estado de shock, no sabía hacia donde ir. El taxista me decía que dónde quería ir: si a un hotel o a algún lugar más concreto. Después, sin más, le dije la dirección del apartamento de mi padre. Ahora tan solo lo tenía a él. Solo podía confiar en su palabra, aunque antes me hubiera fallado. Pero era mi padre. Y yo fui la niña de sus ojos durante un tiempo. 
No podía admitir que estaba creciendo, que empecé a hacerme mujer. Él quería que continuara siendo un personaje de sus mil cuentos, de sus tantas historias. 

De camino a su apartamento, en la ciudad de al lado, recordé cuando venía a arroparme por las noches cuando era pequeña, cuando tendría unos cinco años. Cada noche se acercaba a mi cama, se sentaba y yo le pedía por favor mil veces que me contara algún cuento. Y cada uno de aquellos días me narraba una diferente. Allí mismo se la inventaba, y yo adoraba que me los contara. Siempre aparecía una niña o una princesa que era la protagonista. Descubría secretos, liberaba a los buenos de los malos, iba encontrando aventuras a cada paso.

El taxista no me preguntó nada, era mejor así. Aunque creo que estaría pensando que aquellas no eran horas de salir de casa de aquella manera, pero cada uno tiene sus propios problemas, su vida... así que aquello no debía importarle. 

Estaba sentada en el asiento de atrás, mirando por la ventana, sin pensar en nada como tantas otras veces, pero el camino, la oscuridad y la luna me hicieron recordar. 

Hacía dieciocho años que nos mudamos a aquella casa, a aquel barrio, a aquella ciudad. Con cuatro años iba a presenciar mi primera mudanza. Yo estaba muy contenta, me iba a cambiar de cuarto, iba a escoger el color de mi habitación. Todo sería más grande. Vivíamos en un piso en el centro de la ciudad, envueltos de la contaminación y el gentío. Era muy pequeño, tenía dos habitaciones, un salón-comedor, la cocina y el baño. Eran unos setenta metros cuadrados, o un poco más. Pero éramos solo tres en casa. Nos mudamos porque mi padre comenzó a cobrar más y porque aquella parte de la ciudad no le gustaba a mi madre para criarme, decía que necesitaba otro lugar más adecuado, un sitio en el cual poder crecer sin miedo a dejarme sola, donde poder jugar, crecer saludablemente. Y allí fuimos, a una urbanización bien cuidada, hermosa; vamos, de cuento de hadas. A mí, al menos, me encantaba. Teníamos jardín delantero y trasero, sótano, dos pisos, habitaciones amplias... Siempre había soñado con una casa así cuando fuera mayor. Pero la avaricia rompe el saco. Mi madre no estaba enamorada de mi padre. Quizá sí en un principio, pero a medida que yo fui creciendo los vi más distantes. Yo no quería que se separasen, algunos compañeros tenían padres divorciados y vivían la mitad del tiempo con su madre y la otra con su padre, y yo no quería vivir así, quería vivir con los dos. Pero bueno, ya no era una niña, y me daba cuenta de lo que hacía mi madre, había llegado demasiado lejos. Se aprovechaba de los beneficios de mi padre, de mi presencia. No quería seguir así, bajo el techo de una persona que no sabía cuidar de su familia. A saber durante cuanto tiempo estuvo ocultándonos aquello. No quería pensar en eso en aquel momento. Quería llegar a casa de mi padre, quizás no explicarle lo sucedido, pero necesitaba un abrazo suyo. Aún recuerdo el último que pudimos darnos. Él tenía lágrimas en los ojos, pero no las derramó frente a mí. Me abrazó más fuerte que nunca, noté como sus manos se hundían en mi espalda. Y fue entonces cuando unas lágrimas se fundieron en mi camisa. No me di cuenta hasta que me quedé a solas en mi habitación. Y me cambié la ropa que llevaba por el pijama, al doblar la camisa me di cuenta que estaba manchada por agua, pero después pensé, recordé, y sabía que aquello no era simple agua, eran lágrimas de mi padre. Él me quería aunque no lo demostrara. Es un hombre. Parece que creen que son más varoniles y valientes si no expresan sus sentimientos. Una estupidez. Lo que yo hubiera dado si mi padre hubiera permanecido unido a mí, si él me hubiera escuchado en el silencio de la noche. Yo sé que me podía haber ayudado, pero prefería hacer como si no estuviera ocurriendo nada, como si fuera fruto del crecimiento, como si todo aquello se me fuera a pasar pronto, cosa que no fue así. 

Tenía que dar yo el paso, porque si no él no haría nada, como siempre. La vida no era una de sus historias, yo no era uno de sus personajes de cuento que podía manejar. Él no podía crear el día a día con su pluma. La realidad y la ficción están separadas por un papel en blanco manchado por tinta procedente de un bolígrafo. El la vida, ese bolígrafo es la sangre, y el papel en blanco es el camino que recorremos. Nuestras palabras son las que escriben nuestro camino, nuestros actos. Mi padre no era capaz de escribir en la vida, por eso se ocultaba entre palabras y palabras en sus miles de hojas. Tenía que ser la hija preocupada por su padre y dejar a un lado mi problema, un problema que estaba consumiéndome poco a poco y no me hacía ningún bien. 

Estábamos llegando. Nunca había ido a visitarle. Nunca lo había pensado. No me llamaba, tan solo recibía correos suyos de vez en cuando. Yo se los respondía con una cara sonriente, para que no se preocupara. 

Las calles estaban adornadas con árboles artificiales. Hasta yo podía darme cuenta, no me lo tuvo que decir ningún pájaro, ellos preferían los alféizares de las ventanas. El taxi paró frente al número 13 de la calle. Respiré hondo y bajé. El hombre me ayudó a descargar las maletas y las cajas. Le di el dinero y me acerqué a la portería. Busqué el número. Volví a respirar y llamé. Número 23. Y esperé. A los cinco segundos:

- ¿Quién? - Con voz alarmada.
- ¿Papá? - respondí con un hilo de voz. Llevaba unas horas sin hablar y no sabía cómo me iba a salir la voz, y comencé a llorar en silencio. 

Escuché como la puerta se abrió. Entré todas mis cosas, cogí el ascensor y esperé a llegar arriba. Una vez allí, mi padre me esperaba con la puerta abierta y en pijama, tenía puesta una de sus tristes sonrisas y unas lágrimas que se asomaban tímidas. 
No dije nada más. Me acerqué a él y le abracé. No pensé en dónde iba a dormir, en si estaría durmiendo, en si hice bien en ir allí. Tan solo pensaba en que estaba con él, con mi padre, al que una vez dibujé como héroe.

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